El viejo
El viejo
dormita sudando calores asfixiantes. Está
sentado en la silla de todos los días, bajo el mismo árbol, sobre los restos de vereda de la casa de
siempre y mirando la calle inerte, repetida .
Hace mucho
calor, demasiado. Tanto, que las largatijas no se
atreven a una incursión al otro lado de
la sombra. Un moscardón azul tejia la
siesta sobre los cuatro rumbos de la tarde, como dice don José. Y el
anciano está ahí, en el mismo ahí, sobre su sombra. Un metro más allá, el perro mugroso dormita igual que su dueño, sin ánimo ni para mover la cola.
Chicharras,
olor a seca, arrullos afónicos, viento caliente y la hora en pausa. El día en
pausa, la vida en pausa.
Siempre. Así. Igual. Igual así, siempre. Lo que queda del pueblo parece una fotocopia gastada de un pasado que
como todo ayer, no volverá.
El ruido llegó
de la nada y dobló por la esquina de la calle principal. O mejor dicho, doblò
por la única calle abierta. El viejo, levantó la gorra de tela que reposa sobre su
nariz y entreabrió los ojos. Pesado como
el clima, miró sin ver.
El sonido se incrementó hasta traducirse en un
potente motor que rompió la monotonía del silencio ensordecedor. La 4 x4 frenó bruscamente y el derrape
convirtió el más alla en polvareda. Reversa apurada y el vidrió polarizado que
bajó rápido.
-“Usted sabe cómo llego a la ruta provincial,
me perdi en estos caminos de mierda!!!”- dijo la voz desde el interior. El viejo no vio la cara del conductor por lo
alto del rodado. Tampoco tuvo curiosidad ni intentó erguirse. Como succionado
por la silla desvencijada, levantó el dedo índice arrugado y señaló al fondo de la calle.
El vidrio se subió y el vehículo se fue a toda velocidad. Dejó como recuerdo un manto de polvo asfixiante que le subió por
las fosas nasales al parroquiano.
- - En
este pueblo, ya no se puede ni dormir tranquilo….- rezongó el viejo en voz
alta.
Y el perro movió la cola.

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