La bala en la cabeza...
Fue después del helicóptero, los 38 muertos, y los cinco presidentes en 11 días. Los bancos estaban tras las rejas, en una alegoría surrealista. La plata de la gente ya no estaba. Se podía enviar de banco a banco, pero no tocarla. Los castillos en el aire del uno a uno habían estallado. Un abogado local me llamó a la redacción. Duhalde ya había anunciado que “el que depositó dólares recibirá dólares, y el que depositó pesos recibirá pesos”. Pero no había ni de los unos ni de los otros. El letrado me pidió un favor para un jubilado local. Mientras tanto, en los mostradores intercambiábamos Patacones, Lecops, y una colección de papeles pintados. Hacíamos “hacer como sí”. El jubilado en cuestión tenía todos sus ahorros en moneda extranjera dentro del banco. En realidad, un papel decía que esos ahorros estaban dentro del banco. Creo recordar que hasta había vendido una propiedad o algo así. Cuando Cavallo anunció que esos dólares nunca volverían a reposa...