La bala en la cabeza...


Fue después del helicóptero, los 38 muertos,  y los cinco presidentes en 11 días. Los bancos estaban tras las rejas, en una alegoría surrealista. La plata de la gente ya no estaba. Se podía enviar de banco a banco, pero no tocarla. Los castillos en el aire del  uno a uno habían estallado.

Un abogado local me llamó a la redacción. Duhalde ya había anunciado que “el que depositó dólares recibirá dólares, y el que depositó pesos recibirá pesos”. Pero no había ni de los unos ni de los otros.  El letrado me pidió un favor para un jubilado local. Mientras tanto, en los mostradores intercambiábamos  Patacones, Lecops,  y una colección de papeles pintados. Hacíamos “hacer como sí”. El jubilado en cuestión tenía todos sus ahorros en moneda extranjera dentro del banco. En realidad, un papel decía que esos ahorros estaban dentro del banco.  Creo recordar que hasta había vendido una propiedad o algo así. Cuando Cavallo anunció que esos dólares nunca volverían a reposar bajo su colchón, el hombre busco un abogado. Y logró uno de los 160 mil amparos que se presentaron. Un papel. Tan pintado como los que decían valer un peso, o un dólar.

El pobre hombre necesitaba el dinero para una operación quirúrgica. El abogado, suponía que si los medios nos hacíamos presentes cuando se presentara el amparo en la sucursal bancaria local, habría mejor suerte para ese desdichado vecino. Convoqué a los colegas  y fuimos.

El gerente nos recibió con resignación. El abogado exhibió la orden judicial con solemnidad. El damnificado sollozó. El gerente, resignado, enfrentó los micrófonos con cara de “¿Qué querés que le haga?”. Para certificar la desdicha colectiva abrió el tesoro de par en par ante las cámaras. Estaba vacío. No había un cobre en todo el banco.

Comprendí que se la habían llevado toda.

La historia continuó. Hoy debemos 45 mil  millones  al FMI.   No lo pedimos, no lo aprobamos, no lo firmamos, pero  la cuenta está a nuestro nombre. Nos dicen que no queda otra que pagar.  La plata no está. No está en rutas, ni en hospitales, ni en escuelas, ni en fábricas. Se la volvieron a llevar.

Mientras escribo este mientras, escucho una entrevista con Martín Galli. Sufrió la represión el 20 de Diciembre de 2001 y desde entonces vive con una bala en la cabeza. No puede haber mejor metáfora de la Argentina…

(*) walterditrich@hotmail.com

 

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