La Patria no nació pidiendo permiso
(por Walter Ditrich).- Los actos escolares siempre fueron un atentado contra la verdad histórica. Como en los cuentos de hadas, nos inocularon guiones poco inocentes para lograr la asepsia del relato oficial que nos vació de contenido.
De “Revolución de Mayo”, al menos nos quedó título de “revolución”.
Aunque se haya intentado borronear ese carácter subversivo con la presentación
de la “gesta patriota”. Las revoluciones no se hacen pidiendo
permiso, y en 1810 los militantes “patriotas” lo sabían mejor que nadie.
Conspirando, gritando, a los empellones y con los fusiles preparados, torcieron
la voluntad del virrey realista y la casta monárquica.
French y Beruti, cuasi piqueteros coloniales se ocuparon con
su fuerza de choque, conocida como “Los
Infernales”; de filtrar el ingreso al
Cabildo. Lejos de repartir alegremente escarapelas blancas y celestes,
identificaron con distintivos rojos y azules – por los colores de la casa de
Borbón- a los partidarios de la revolución.
Si “se picaba” allí sabrían dónde
apuntar los cañones de sus “chisperos”.
Sin propiciar el debate democrático, Los Infernales gritaban “matemos al virrey” . Domingo
French optó por echar al virrey, y al firmar agregó: "Yo y 600 más" aduciendo
la representación popular que su aparato movilizaba.
“El pueblo que quería saber de qué se trataba” casi no se
enteró. No había más de 250 personas frente al Cabildo en esa tarde lluviosa
casi sin paraguas en una Buenos Aires de 44 mil habitantes. La mayoría de la
ciudad fue indiferente al movimiento revolucionario de ese puñado de jóvenes
libertarios – en el buen sentido de la palabra-
quienes desafiaron la muerte al izar sus sueños de libertad rindiendo un
León a sus pies. El resto del virreinato se enteró después y no participó de la
revuelta. Es más, en su mayoría no estuvo de acuerdo con el centralismo porteño.
No hizo falta que Belgrano saliera al balcón con la señal del
pañuelo blanco para que Los Infernales hicieran nacer la revolución a las
patadas. Aunque, el poder de la espada de los patricios sentó en el sillón a Don Cornelio para
garantizar la firmeza del rumbo elegido para caminar por la ancha avenida del medio.
Casi no había paraguas porque eran pocos, caros y demasiado
permeables al agua. No se vendían
empanaditas calientes porque las morenas de los arrabales llegaban con el
producto frío al centro barroso. Tampoco existía el sereno que anunciaba la
hora recorriendo la ciudad, ni sonaron
las campanas porque las habían bajado en
1809.
Los caballeros no se vestían como muestran lo óleos, que en
realidad, fueron pintados en 1910. Por ello contribuyen a reforzar el relato de
Billiken que se lleva a las trompadas con el verdadero Buenos Aires de un centenario
antes.
¿Las mujeres?. En la escuela nunca nos contaron que la
revolución fue sólo masculina y patriarcal. Aunque falta indagar en el tema, el
rol de las mujeres en las tertulias de la alta sociedad es conocido por todos. Hay
historiadores que destacan un panfleto
anónimo -hoy guardado en el Museo del Cabildo- que expresaba las quejas de los
varones contra las mujeres que se metían en política. El argumento era que
luego no dejaban de hablar de algo que "no les correspondía" las
cuestiones de gobierno. Lo cierto es que
no hubo cupo femenino en la Primera Junta.
En la plaza embarrada y hediendo a bosta de caballos, había mujeres
vendiendo mazamorras, pero no estaban felices luciendo sus blancos dientes. En
realidad eran esclavas que la yugaban para sus amos de las familias patricias. La
realidad era bastante más cruel. La mayoría de las mazamorreras eran esclavas
que, con la venta de su dulce preparación a base de maíz blanco pisado cocido
en agua, azúcar y leche, debían aportar su “jornal” a sus amos, y con el resto
que podía llegar a quedarles debían acumular, monedita a monedita, el precio de
su propia libertad. Ahora bien, el precio de un esclavo sano en la Buenos Aires
de 1810 no bajaba de los 250 pesos fuertes , mientras que una porción de
mazamorra vendida en la calle rondaba la módica cifra de un cuartillo, unos
0,03 pesos . Deducidos los “jornales” del amo, los costos de producir la
mazamorra y su propia manutención, una esclava debía vender decenas de miles de
porciones, a lo largo de muchísimos años, para alcanzar la meta de ser libre.
Ni siquiera el Cabildo es el Cabildo. Porque del primer
Cabildo queda poco y nada. . El edificio estuvo muy deteriorado durante
décadas. Se demolió y se volvió a construir siguiendo rigurosamente el plano
original pero mucho más chico. De su estructura original quedan la primera
celda de la cárcel de la ciudad y la sala capitular donde se reunían los revolucionarios.
O como los llama el relato oficial: “los patriotas”.
En el día de la patria, vale olvidar la historia oficial de
Billiken que tiene poco de historia y mucho de cuento. Como pueblo, es hora de
que nos dejen hacer el cuento y que el pueblo pueda saber de qué se trata: “a la
patria la parió una revolución que no se
hizo pidiendo permiso”.
La patria no es la bandera, el escudo, el cabildo ni la
camiseta.
La patria sos vos,
soy yo, es el otro, somos nosotros.
LA PATRIA SOMOS TODOS.
Para construirla, la historia nos demuestra que una patria
libre y para todos no se hace pidiendo permiso.
N del A: fuentes consultadas: HISTORIADOR Gabriel Di Meglio (INVESTIGADOR DEL CONICET, DOCENTE DE LA UBA) Historiador Felipe Pigna. Historiadora Florencia Oroz y al decir del Indio Solari, “aquellos recuerdos que mienten un poco”.

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