El susto de la libertad
Las aulas en las ccárceles son iguales a cualquier otra. Salvo por el hecho de que cuando toca el timbre, el profe es el único que vuelve a casa. Además, los encargados de mantener la disciplina son guardias en lugar de preceptores, que aplican una pedagogía mucho más rústica.
El promedio de edad de mis alumnos era
de 21 años. Casi todos, habían pasado la
mayor parte de sus vidas del otro lado de las rejas. Cuando cumplieron los 18
egresaron de los institutos de menores hacia las penitenciarias. Es lo que, paradójicamente,
la institución llama internos “institucionalizados”.
Sólo un par de cuarentones, con
frondoso prontuario, desentonaban entre el paisaje juvenil. Si al aula le
sacáramos de alrededor, el curso no
difería en nada de cualquier grupo de alumnos de cualquier populosa escuela
pública del país.
Ese día, el foco estaba puesto en un
alumno de 22 años que siempre se sentaba en primera fila. Nunca
me había llamado la atención por nada en especial. Alto, flaco, narigón, lucía ropa deportiva colorida
y holgada, como todos. Muchos tatuajes a la vista, y supongo, otros tanto
diseminados por todo su humanidad. No
tuve conocimiento del motivo de su detención. Quienes tienen experiencia
educativa en contextos de encierro aconsejan no conocer el historial delictivo
de los alumnos. Dicen que esos detalles
condicionan la normal relación con los
estudiantes.
Aquella tarde, el pibe lloriqueaba cabizbajo
y era el centro de la burla general. “Dejá de moquear, ¡¡gato!!”, le gritaba el
resto.
Cuando pude tranquilizar la situación
le pregunté qué le sucedía.
-
“Me llegó la libertad, profe…”, dijo
con genuina tristeza.
-
No entiendo…. ¿Por qué estas mal?-
atiné a responder.
-
“Yo siempre estuve acá… ¿Dónde voy a
ir?..... No sé hacer nada afuera……- se
lamentó.
Compungido, me explicó que era de Mar
del Plata, que no tenía familia cercana que se preocupara con él. “Nunca tuve visita” , ejemplificó describiendo
el desamparo. Pasó su adolescencia bajo custodia en centros de minoridad y
cuando la ley lo convirtió en mayor, su carrera delictiva lo depositó tras las
rejas.
La cárcel, era su lugar en el mundo-
-
“Salgo de caño…… Vuelvo acá y listo….”-
dijo anticipando su destino inexorable.
Intenté explorar otras alternativas, ,
pero el pibe insistía en que su única habilidad era vivir encerrado.
-
“¿Quién me va a dar laburo a mí?...
¿Dónde voy a vivir?..... No conozco a nadie en la calle….- .
Después, el curso volvió al pabellón para
seguir la vida a la sombra del encierro.
Y el pibe, cruzó la reja con temor.
Parecía esos pajaritos que no se animan a volar cuando les abren la jaula.
Como dice Galeano, se fue temblando del
susto de la libertad.
(*) por Walter Ditrich
walterditrich@hotmail.com

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