EL PAÍS DE LAS PALABRAS
Cada vez que alguien nombra una palabra, se las está pidiendo prestada al País de las Palabras.
Se trata de un enorme confín donde conviven regiones con
conflictos entre sí.
En el PAIS DE LAS PALABRAS Se puede visitar la Comarca del Palabrerío, donde se habla
mucho sin que nadie se detenga a pensar lo que se dice.
También se puede conocer la ciudad del BLA BLA BLA, donde se
habla mucho pero se dice poco. Es recomendable una visita a la ciudad de la
POESIA, donde viven las palabras más bellas esperando ser seducidas por los
poetas enamorados.
Dicen, que en el alguna parte de el país de LAS PALABRAS,
existe una isla virgen jamás descubierta donde viven palabras que nunca fueron
dichas.
Para llegar, hay que sortear calles cortadas por las
palabras de protesta y en las avenidas, los charlatanes de siempre estafan a
transeúntes pobres de vocabulario.
En el Congreso de el
País de las Palabras se pelean los legisladores con debates y razonamientos que
le piden prestado al pensamiento crítico.
En el barrio VIP donde viven las FRASES CELEBRES. Son la
farándula del diccionario.
En los suburbios se
amontonan los dialectos. Por la noche, en las esquinas, los jóvenes se rebelan contra el idioma en
tribus urbanas . A pura rebeldía mezclan
unas palabras con otras y le sacan la lengua a la lengua madre. Y a los padres
de la lengua también.
Las clases acomodadas suelen consultar a la Real Academia
para que cada letra no se salga de su debido sitio. Pero el mestizaje es
inevitable y de vez en cuando deben aceptar alguna palabra fronteriza como
propia. Aunque la miren con recelo y sólo la digan entre dientes.
En la Universidad del País de Las Palabras estudian los que
hablan bien, y en la universidad de la calle aprenden los hablan, también.
Las malas palabras, claro, son condenadas a la cárcel de EL PAÍS DE LAS
PALABRAS. De vez en cuando, una amnistía
libera a las afortunadas porque ya no es delito nombrarlas.
Bajo las sombras, en
el callejón de los susurros, esperan las palabras que solo nos animamos decir
en voz baja. En las plazas, se juntan las
palabras que deben gritarse de a muchos para que sean oídas. Mientras los niños
juegan a los trabalenguas; y los movimientos de derechos humanos reclaman por
el lenguaje inclusivo.
Las palabras que ya son adultas mayores quedan arrumbadas en
los depósitos del país de las palabras y en las listas prohibidas quedan archivas
las innombrables.
El país de las palabras, es
digno de escuchar. Es un lugar, donde los habitantes todavía confían en el
valor de las palabras.
(*) por WALTER
DITRICH
- walterditrich@hotmail.com

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