"Algo habrán hecho"
(walterditrich@hotmail.com) Cuando el sábado pasado escuché los estruendos, pensé que los pibes estaban festejando. Nunca me imaginé que eran disparos policiales. Los videos en redes sociales de la represión policial y la batalla campal con lluvia de botellazos, patrulleros rotos, jóvenes detenidos y policías heridos; parecían provenir de otro lugar.
Más tarde, se conoció la seria denuncia por violencia institucional
de un joven que, en sede judicial,
aseguró haber sido golpeado por la policía dentro de la Comisaría, cuando fue a
preguntar por su amigo detenido. Su declaración, los testigos que aportó, las fotografías
de su estado y el certificado médico, no dejan lugar a demasiadas dudas.
La mirada adulto céntrica de buena parte de la sociedad,
primero culpabilizó a los pibes. A esos pibes que los más grandes debemos
cuidar. Esos pibes que son nuestros hijos, nietos, sobrinos, vecinos y alumnos.
Casi nadie puso el foco en la falta de previsión, en haberse reunido con ellos
antes, en la poca profesionalidad de las fuerzas de seguridad, ni en la falta
de anticipación de los funcionarios públicos.
Son los que deberían haberlo previsto. Fiestas como estas vienen siendo “el
tema” del verano desde hace más de un año, y el contexto de pandemia las
potenció enormemente.
La falta de previsión y capacidad, derivó en que todo se
resolviera en una cuestión de puntería: el
garrote policial vs el botellazo de los jóvenes exaltados.
Después la de siempre: culpabilizar a un grupo minúsculo de jóvenes,
colocar a la juventud en el lugar de lo peligroso y salir a las apuradas a
tapar el pozo cuando el chico ya se cayó dentro.
Como siempre también, casi nadie llamó a las cosas por su
nombre. Salvo, algunos medios de comunicación,
el SUTEBA, el CTA y organizaciones vinculadas a los derechos humanos - como la Asociación Miguel Bru- quienes se refirieron a la denuncia realizada
utilizando las palabras correctas: VIOLENCIA INSTITUCIONAL.
Desde la política y buena parte de la representación social:
silencio ensordecedor.
Otra vez, el adulto centrismo colocando a los jóvenes en el
mismo lugar del “algo habrán hecho”.
Esperando, con cara de circunstancia, “que la justicia resuelva” pero cuidándose
bien de no repudiar lo que se debería repudiar. Porque no hay manera de avalar
los golpes a un joven esposado dentro de la comisaría.
¿Cómo pretendemos cuidar a nuestros jóvenes, mirando siempre
para otro lado?.
El Comisario, declaró que, “no tenemos registro de que haya
sido golpeado como él (por el joven denunciante) dice”. Es cierto, podemos asegurar que en
libro de guardia, nadie anotó: “Parte de novedades: se procedió a garrotear
salvajemente a un joven luego del operativo del parque”.
Desde el área de salud, buscan el vericueto legal para
eximirse de extender certificados médicos de lesiones, puesto que aseguran que “debe hacerlo el médico de policía”. Acá
no hay porque se jubiló. Y si lo hubiera: ¿En serio, creen que un médico de policía
certificará que la policía golpeó un detenido?.
La legislación provincial tiene grises, es cierto. Mientras, la Secretaria de Derechos Humanos de Nación
nos confirma que los certificados deben expedirse.
Y a río revuelto: ¿A quién
beneficia o perjudica ese posicionamiento del único efector de salud pública
local?. La respuesta es evidente…
Este fin de semana no escuché petardos ni disparos. Me dicen
que varios vecinos no pudieron dormir por las fiestas privadas “autorizadas”.
No sé si fue la mejor solución.
Estoy seguro que la batalla entre policías y los pibes no es
la forma. Estoy convencido que
culpabilizar siempre a los jóvenes tampoco.
Es claro que las leyes están para cumplirse, aunque esto sólo pasa
cuando las leyes son cumplibles.
Los adultos somos más responsables. Las autoridades son más
responsables.
La sociedad debe hacerse responsable.
Y para asumir esas responsabilidades hay que empezar
llamando a las cosas por su nombre:
“La VIOLENCIA INSTITUCIONAL es aquella violencia física, sexual,
psíquica o simbólica, ejercida abusivamente por agentes y funcionarios del
Estado en cumplimiento de sus funciones, incluyendo normas, protocolos,
prácticas institucionales, descuidos y privaciones en detrimento de una persona
o grupos de personas”.
No llamar a las cosas por su nombre es ocultar. Ocultar es
mentir.
Y como dice el Indio
Solari: “violencia, es mentir”.

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