PARA LEER EN CUARENTENA: "Yo no quiero ser mal pensado, pero...."

 


(por Walter Ditrich.  walterditrich@hotmail.com).
. En mi pueblo, Santiago Curzi era peluquero, armero y funebrero. Todo en el mismo lugar y atendido por su dueño. No sé cuál emprendimiento surgió primero. Todos funcionaban en Casa Curzi, al lado de la panadería.

Recuerdo perfectamente el sillón de peluquería. Enorme. Tenía palancas y una  cuerina  de tono verdoso.  En mi infancia,  se me representaba estar sentado en una silla de despegue espacial.

Mi viejo, me dejaba ahí con la indicación clara: “Santiago,.. te dejo el nene…. ¿Le cortás?”. Y se iba a completar la ronda de mandados. Curzi, te sentaba en ese armatoste.  Simpático y hasta histriónico comenzaba el único corte disponible para los niños del pueblo:  el look Carlitos Balá.

Las tijeras, las navajas y el entorno del lugar, me daban miedo.  Sumado a un dejo de vergüenza infantil por  la soledad con Santiago, a quien apodaban “Santiaguito”. Esa incomodidad podría haberse traducido en pánico, si yo hubiera comprendido los efectos secundarios de la infaltable ginebra que el peluquero degustaba sobre el mostrador mientras trabajaba en mi cabeza.

Además del consumo etílico, mientras nos dejaba la cabeza “ea ea pepé”, el peluquero interrumpía su labor para atender a otros clientes.

Vendía municiones, exhibía alguna escopeta, anzuelos,  elementos de pesca varios y hasta electrodomésticos.

Cuando apuntan cerca de mí, aunque sea al aire, me corre un escalofrío. No me gustan las armas y siempre tengo la sensación de que pueden esta cargadas. No gozaba de que me cortasen el pelo junto a la sección armería de Casa Curzi.  Sufría cuando  el vendedor exhibirá las bondades de su producto junto a mi cabeza a medio convertirse en Carlitos Balá

Para terminar de inhibir a los clientes  infantiles, podía pasar que estuviera abierta la puerta que daba a un pasillo, el cual conducía a un sector posterior de la propiedad. Aún hoy tengo presente la imagen de un giro de sillón, Santiaguito que me deja solo  y mi yo niño petrificado con la vista fija en ese pasillo. No puedo olvidar  los féretros acopiados, algunos abiertos; esperando a futuros clientes.

Cuando alguien estaba internado en la Sala de Primeros Auxilios de mi pueblo, Curzi sacaba los autos de la cochería. Creo que eran del modelo Rambler.  Me parecían enormes. Si alguien estaba con pronóstico reservado, Santiago Curzi comenzaba a lustrar los vehículos en la vereda. Tan habitual era la escena, que al verla, los vecinos solían preguntar: “¿Hay alguien jodido que Santiago se está preparando?”… 

No creo que Don Curzi,  tuviera conocimientos médicos, pero rara vez lavaba los autos en vano…

“Yo no quiero ser mal pensado.. Pero me está haciendo falta trabajo…” comentó alguna vez ante la baja en la demanda del rubro funerario. La frase, se convirtió en refrán popular durante generaciones.

Cuando pude ejercer mi derecho a la autodeterminación del peinado, dejé de lucir como Carlitos Balá y cambié de peluquería. En casa Curzi, compré municiones, algún aire comprimido , linternas y cosas así.

Afortunadamente, no llegué a ser cliente de la funeraria. Nunca ingresé a la sala velatoria, aunque recuerdo las cortinas de tiras de plástico, coloridas, que flameaban en la entrada. Y la curiosidad temerosa de imaginar cómo sería dentro.  Dicen que, en las largas noches de velorio, Santiago entretenía a los deudos con cuentos, historias y alguna copita.

Fue militante de la causa del radicalismo, y donó el terreno – junto a la funeraria- para que se construyera la Escuela Secundaria donde estudiamos todos. De adolescente, lo recuerdo como uno de los personajes que hacía a mi pueblo inigualable.

Creo que don Santiago Félix Cursi  nunca estudió  marketing ni administración de empresas. Quizás por eso de “no poner todos los huevos en la misma canasta” es que fue diversificando su actividad comercial.

Si pudiera volver el tiempo atrás, hoy le diría que para no infundir temor en su clientela infantil, hubiera sido recomendable separar físicamente  los rubros  comerciales de Casa Curzi.


(*) con todo respeto y cariño al recuerdo de Don Santiago Félix Curzi, "Santiaguito" para los bordenavenses.

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