Los ladrillos de la Catedral


 (por Walter Ditrich).- Íbamos caminando por Plaza Moreno, en La Plata. La Catedral platense se erige imponente, monumental. Es imposible no mirarla. Está  formada por 5 naves. Posee 6 torretas laterales y 200 pináculos. Tiene una superficie de 7000 metros cuadrados. Mide 120 metros de largo por 76 metros de ancho, y las dos torres principales alcanzan los 112 metros de altura.

Mi amigo también la miró. Pero con otros ojos.

- ¡Qué cantidad de ladrillos!!-dijo. 

Asentí con desdén ante la obviedad del comentario.

-¡Qué barrio obrero se podría construir con esos ladrillos!!!- remató.

Mi amigo, nunca concretó el proyecto. Puesto que, según me informan, la Catedral de La Plata sigue estando allí con todos los ladrillos en su lugar.

Hace rato que no veo a aquel soñador de sociedades más justas. Pero nunca olvidé su comentario.

Me parece un ejemplo,  de que las cosas cambian de forma  según desde dónde se las mira. La anécdota , también es una clara metáfora de lo que significa la conciencia de clase.

Habrá quienes piensan en Dios cuando miran la Catedral de La Plata. Otros, admiran su indiscutible belleza arquitectónica. Están,  los que la contemplan con ojos de turista. Y quienes la consideran parte del paisaje y no mucho más. También, están los que nunca olvidan a los excluidos. A los sin casa. A los nadies. A los de su clase. A los desclasados. Esos, que como dice Galeano, “valen menos que la bala que los mata”.

Hoy vi, en un canal de televisión, como los  vecinos de un barrio privado protestaban para que repriman a las familias que usurparon un terreno cercano. Los propietarios del country no fueron invadidos en su propiedad privada. Pero se quejaban de la situación, de cómo la toma de tierras cambia el paisaje de la zona. Además, aseguraban que en las casuchas “tienen mejor luz que nosotros. Ellos se cuelgan y se nos baja la tensión. ¡Cómo puede ser que ahí haya mejor luz que en nuestras casas!!” gritaban indignados. El cronista, se parecía a quienes elogian la fastuosidad de la Catedral cómo símbolo de una iglesia que, paradójicamente, congrega a millones de pobres. Micrófono en mano, vomitaba indignación contra esas familias apiñadas entre el barro. Con conciencia de clase, exigía represión invocando el respeto a la ley.

El cronista nunca mostró por qué esas familias están ahí. Cómo viven. Qué necesitan.

¿Por qué elegirán la intemperie como si fuera la tierra prometida?. La tele no lo muestra.

 Es igual que cuando te parás frente a la Catedral de La Plata.

Te puede indignar la falta de respeto a la propiedad privada de un terreno deshabitado.  O también podes exigir que se cumpla el derecho constitucional a una vivienda digna.

Todo depende del cristal con que se mire.

Hay quienes siempre enfocan la lente hacia arriba. No bajan para saber cómo se ven las cosas ahí abajo. Nunca sacarán la cuenta que con los ladrillos de la catedral se podrían construir 150 viviendas.

Se trata de ponerse en el lugar del otro. Del otro que más necesita.

Ponerse  en la zona de confort es más fácil.   Es sencillo apostarse en el privilegio, en la seguridad de tener las necesidades satisfechas.  Exigir todos los derechos propios, pero sólo para sí. No molesta. El poder acompaña. Los medios enfocan. La opinión pública aplaude.

Y nada cambia.

 Desde que edificaron la Catedral, nadie pensó en la cantidad de casas que se podrían levantar con esos ladrillos. Si hubiera más gente que mirara las cosas como mi amigo,  los dueños del country vivirían más tranquilos. No estarían sufriendo la incomodidad de ver por la ventana a familias sin techo. Eso sí, quizás no contarían con un templo tan lujoso para pedir perdón por el egoísmo de sus pecados.

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