El tamborcito de Camilo
POR WALTER DITRICH (walterditrich@hotmail.com).- «No tenés que tocar el tambor en la calle, vos tenés que estudiar abogado y ser Presidente del país». La frase se la dijo una mujer desconocida a mi hijo Camilo de 6 años recién cumplidos.
Camilo, había invertido todos sus ahorros en instrumentos autóctonos que fue comprando en feria de artesanos durante nuestras vacaciones en el sur. Incluso, me sorprendió a mí y sorprendió a los luthiers originarios, con sus conocimientos interpretativos. «El profe de música me enseñó en el Jardín» explicó para ir armando su orquesta telúrica.
Como vio que muchos jóvenes optaban por cantar a la gorra en cada lugar con buena afluencia de público, Camilo decidió hacer lo mismo. Se sentó en la calle céntrica de Bariloche, comenzó a tocar un par de tambores y tiró su gorra esperando la propina. La imagen era muy divertida. Y los tambores autóctonos sonando cuando a su gorra del Barcelona, una metáfora de la globalización. Fue cuando se acercó una mujer sugiriéndole los estudios de abogacía, que según ella, lo depositaría en el sillón de Rivadavia. Y le dijo esa frase. Casi como una orden.
Camilo lo miró con sus ojos grandotes, entre asustado y extrañado. Temí que respondiera con un epíteto. No dijo nada. La mujer siguió su perorata. «Yo a mi hijo de chiquito lo incentivé, hoy es abogado. Tocar el tambor es para divertirse, no para vivir. No vas a llegar a Presidente tocando el tambor» sentenció la doña. «Pero a mí me gusta tocar el tambor», respondió Camilo, temeroso, hablándome a mi pero para que la intrusa escuchara.
«Igual, quizás nos irá mejor con un Presidente músico.. ¿No?». le dije con una sonrisa a la señora para descomprimir y emprender la retirada.
– «Estudiá abogado, el tambor no te conviene» insistió la mujer con tono profético. Mientras nos íbamos, le aseguré a Camilo que podría tocar el tambor todo el tiempo que quisiera y no era necesario que se anotara en la carrera de las leyes si no le gustaba. Ni siquiera preguntó qué era un abogado.
Me quedé pensando en los mandatos sociales. En los moldes con el que educamos a nuestros hijos. E intenté imaginar un país gobernado por más artistas y menos abogados. Es probable que tuviéramos problemas organizativos, es cierto. De todas formas nunca fuimos Suiza ¿No?. Y también es probable que quienes tomasen decisiones en el gabinete artístico tendrían otra sensibilidad social.
Camilo siguió tocando el tambor.
La señora habrá corrido a contemplar la placa brillosa con el nombre de su hijo abogado.
Si Camilo es feliz con su tambor, yo serè feliz.
La señora, estará feliz con su hijo doctor.
Ojalà que él también sonría por ver la placa en el frente de su estudio.
(*) escrito por el autor y publicado en Febrero de 2018.

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