EL MONITO VEGA

 

(walterditrich@hotmail.com).-  El Monito Vega, era el boxeador del pueblo. Sin querer queriendo se había hecho camino en el deporte de los puños. Quizás, porque de chiquito anduvo a las piñas con la vida. Tanto agarrarse a trompadas por cualquier cosa y con cualquiera, terminó haciendo algo producivo de ese habilidad para las riñas.

Por casualidad también, llegó al gimnasio de Wilfredo Meneses. Una  ex leyenda del pugilato venido a menos, que engañaba al destino apostando a descubrir un campeón del mundo en esa barriada de mala muerte.

Cuando El Monito y Wilfredo se conocieron, fue como si se juntaran el hambre y las ganas de comer. Algunos golpes de suerte y las piñas del peleador callejero, le fueron construyendo un récord al pibe Vega.

El Monito se fue haciendo un nombre entre los livianos y empezó a cobrar algunos pesos, aunque en el boxeo del interior nadie hace fortunas. El gimnasio de Wilfredo se seguía lloviendo,  el agua caliente era  un lujo inalcanzable y se entrenaba de noche cuando la luz no estaba cortada por cuestiones de morosidad .

El Monito viajaba a las peleas a dedo. Wilfredo, hacía rato que no salía por su frágil salud y sobre todo por la vigilancia de “la patrona” que patrullaba sus movimientos para alejarlo sobre todo del rincón del mostrador antes que del ring.

Dicen que el tren pasa una sola vez en la vida. El Monito siempre estuvo en pampa en la vía. Si pasaba el tren, no iba a dudar en tirarse de cabeza.

Falló un rival de hoy para ayer y  llamaron a Wilfredo. Debía ser el último orejón del tarro para el promotor, pero el tren estaba pasando.  Había una pelea en el Luna Park para el Monito. Iba por tele y frente al campeón argentino. La oportunidad era el sábado, y ese jueves por la tarde Wilfredo discutía la bolsa con un teléfono prestado.

El Monito y Wilfredo se subieron al tren antes que se vaya. En realidad, el entrenador se quedó abajo porque la doña no lo dejó viajar. El Monito se subió al camión de El Gitano para llegar a la Capital. Era la única manera de llegar gratis a Buenos Aires. La distancia y el poco confort del carromato, hizo que la travesía se pareciera a  una etapa del Dakar.

Incómodo y con los oídos aturdidos por el batifondo del viejo camión, el Monito no pudo pegar un ojo. Mate y más mate sólo le ofreció a su estómago. Mientras, respiraba la humareda inmunda de los armados que fumaba el Gitano a cada rato.

Pararon al mediodía en una parrilla con dudoso control bromatológico. El Gitano tenía apetito de hoy y el Monito hambre atrasada. El boxeador miró la pizarra y se fue a la columna de la derecha. Eligió el plato con un valor igual o menor al arqueo de caja de su delgada billetera.

-          ¿El qué?... ¿Sopa vas a comer?- se río el Gitano.

-          Si.. me tengo que cuidar para la pelea de esta noche…. Por el peso…..- dijo el Monito con vergüenza.

El Gitano se clavó una parrillada completa y la regó con abundante vino tinto. Monito se tomó la sopa que no le hizo ni base en el estómago vacío.

Llegaron a la Capital a la tarde. En bondi un tramo, y caminando el resto, Monito llegó al Luna Park justo a tiempo.  Preguntó por el promotor, lo ayudaron a prepararse. Obviamente no tuvo problemas de peso y lo vendaron a las apuradas. Casi sin darse cuenta, pasó el pueblo a pisar el ring del mítico Luna Park.

El público apoyaba a su rival. Los oídos le zumbaban por el ruido insoportable del viaje en camión. Subió al ring casi en automático. Le costó ubicar su rincón. Allí, un viejo con cara de malo y expresión gruñona lo miraba con compasión. Las luces lo encandilaron cuando levantó los brazos para saludar. El rival le pareció grande y peligroso. Como todos los que se suben a pelear para reventarte la cara a trompadas.

Todo el pueblo estaba frente al televisor a cientos de kilómetros de distancia. “Olè, Olè, olé, oleeee.. Monoooo, Monoooo…..” cantaban en el Club Juventud Unida. El Monito nunca había tenido tanta hinchada. Mejor dicho, nunca había tenido hinchada. Pero, esa noche los amigos del “campeón” lo coreaban con entusiasmo. Era el hecho de más trascendente del pueblo en los últimos años.

Trascendencia, justamente, no tuvieron los primeros rounds. El Monito hizo gala de su apodo y comenzó a saltar y moverse, estudiando el panorama. Intentó con algunos golpes, pero sin demasiado éxito. El campeón  lo fue estudiando, y derrochando su experiencia, tiró menos y conectó más. Sabía, que manteniéndose así, retendría el cinturón sin correr riesgos.

Después de la mitad de la pelea, Monito se movió menos y recibió mayor castigo. El viaje en camión y la falta de un menú sólido le comenzaron a jugar una mala pasada. Ya había gastado su modesto repertorio de golpes y no había podido hacer diferencia. “No le entra una!!, ni se mosquea”, pensaba mientras se iba quedando sin nafta. Le costaba mantener la guardia, los guantes le pesaban toneladas y las piernas, adormecidas, se movían con torpeza. Su boca entre abierta buscaba oxígeno con desesperación.

Un par de piñas en el oído lo aturdieron aún más del ruido del camión que todavía resonaba en su cabeza. La vista se le comenzaba a nublársele por la sangre de  un corte cerca del ojo izquierdo.

El campeón supo que el cinturón no se iría de su lado. Monito, salió al round  final poniéndole el pecho al último sufrimiento de la noche. Sonó la campana. Agachó la cabeza, se encorvó todo lo que pudo y cerró los guantes junto a sus sienes para aguantar la lluvia de piñas. A esa altura,  nada le dolía. Un silbido de ahogo le salía de los pulmones, se tambaleaba sin rumbo, pero seguía yendo para adelante empujando con la frente  más que con los puños. Sus escuálidos 57 kilos parecían una bolsa de entrenamiento para el campeón argentino que seguía pegando  como una ametralladora.

Había que aguantar unos segundos más. Luego, a cobrar la bolsa flaca, y a volver al pueblo sin gloria, pero sin demasiada pena tampoco.

Fue casi un acto reflejo. Parecía que el Monito se caería como un castillo de naipes, pero revoleó una mano con recorrido abierto, desprolijo. Era un típico un peleador callejero que tira piñas abofeteando el aire y si tiene suerte, una nariz se cruza en el camino.  Por esas cosas del destino, una derecha voleada con rumbo de nada, impactó contra la mandíbula del campeón argentino. Quijada de cristal para quien se sentía ganador cómodo. El favorito parecía ahora un muñeco de trapo a punto de derrumbarse

En el Luna Park reinaba en silencio sepulcral.

Un grito de guerra brotó en el Club Juventud Unida del pueblo.

 

Era ahora o nunca.

El Monito lo sabía.

Tomó el aire que pudo y preparó la zurda. Su mejor golpe. La cargó con todo lo que pudo: su infancia pobre, su vida de abandonos, el hambre, la miseria, la injusticia, la bronca. Toda la bronca y las cicatrices de su alma empujaron ese puño hacia el mentón del campeón argentino que tambaleaba….

 

 

 

La mano fue débil. Blanda. Flácida. No hizo daño. El campeón la aguantó. Lo abrazó.

Hizo correr el reloj y  sonó la campana.

Tal vez, si en el tanque de combustible de El Monito hubiera habido algo más que una sopa y tantos ayunos largos….

-          Algunos nacen para estrella, y otros nacemos estrellados…”- se lamentó Wilfredo, acodado en el mostrador y se pidió otra.

-“Ese Monito es un desastre”-.- “Es muy vago, no entrena bien”-.- “Así nunca vamos a tener un campeón!!”-, se fueron maldiciendo los parroquianos del club.

Todo el pueblo se fue a dormir decepcionado. Pero con la panza llena….

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