YA FUE
Llegaron a la secundaria a los ponchazos coleccionando un
prontuario de travesuras escolares y ausentismos recurrentes. Para Marito y
Pablo, la vida solía ser más interesante que la clase de química. Sobre todo
cuando la aventura adolescente venía acompañada de algún pesito “para los
vicios”.
La patearon juntos. Como hermanos de la vida.
Marito se fue colgando
con la escuela y repitió. Pablo andaba en eso, cuando Mica quedó embarazada y
le cayó una tonelada de responsabilidad encima. Las dos rayitas del test lo
hicieron grande de golpe. Pero cuando tu mundo se reduce a esa calle de tierra,
el abanico de posibilidades no es muy
amplio. Pablo se decidió rápido: terminar la secundaria y hacerse policía. No
tuvo, o no pudo evaluar otra opción.
Mario no fue mucho más allá. Llegó hasta la esquina y ahí se
quedó. Haciendo esquina. el abanico
de posibilidades no es muy amplio. Escape,
atajos, malas decisiones y la irreverencia de desafiar un destino que se empeña
en repetirse.
Hasta que una de esas noches llegó la noche que un día iba a
llegar. La promesa de plata fácil que salió mal y terminó con una temporada en
la tumba. Cuando traspasó esa reja, Mario cayó hacia el fondo del abismo que casi
nunca tiene retorno. Nadie se asoma ayudar, y desde lo más oscuro no se ve ninguna
luz.
Hasta que otra noche, llegó la noche que un día iba a
llegar…
Ya padre y convertido en un servidor público, Pablo
patrullaba el barrio de al lado contando las horas para volver a casa. Se
sentía ahogado, preso del tedio, rehén del destino en su propia humanidad. Mario,
condenado a repetirse, apretó el fierro en el bolsillo y se cerró la capucha. “Ya
fue”, se dijo.
La huida fue desprolija y el botín escaso. Como la vida,
la patrulla se lo chocó sin querer.. Mario apretó los billetes mugrosos
en el bolsillo. El kiosquero gritaba como si lo hubieran descuartizado. “Ya
fue” volvió a decirse Marito.
Pablo le apuntó por inercia. “Ya fue” hubiera querido
pensar.
Se miraron como perdonándose por haber llegado hasta ahí sin
querer. Predestinados. Condenados. Con las juventudes cansadas.
Porque no le quedó otra, Pablo estiró el largo brazo de la
ley para empuñar el arma reglamentaria .
Porque tampoco le quedó otra, Mario apretó un revolver
oxidado que la marginalidad, como si fuera una regla, puso en su mano temblorosa.
No se dijeron nada. Los dos sabían que no había nada para decir.
El disparo sonó fuerte.
Unos perros mugrientos ladraron sin convicción.
Nadie salió a mirar.

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