YA FUE

(walterditrich@hotmail.com).- Marito y  Pablo, nacieron en la misma calle de tierra. El mundo los parió de ése lado de la zanja, con algunas casas de distancia. Se criaron en uno de esos barrios que los medios llaman “de condición humilde”.  Con las mismas condiciones, sobrevivieron las mismas carencias, se educaron en el potrero de la esquina con ropa usada, y la olla que se llena con lo justo. O un poquito menos.

Llegaron a la secundaria a los ponchazos coleccionando un prontuario de travesuras escolares y ausentismos recurrentes. Para Marito y Pablo, la vida solía ser más interesante que la clase de química. Sobre todo cuando la aventura adolescente venía acompañada de algún pesito “para los vicios”.

La patearon juntos. Como hermanos de la vida.

Marito se fue colgando con la escuela y repitió. Pablo andaba en eso, cuando Mica quedó embarazada y le cayó una tonelada de responsabilidad encima. Las dos rayitas del test lo hicieron grande de golpe. Pero cuando tu mundo se reduce a esa calle de tierra, el abanico de  posibilidades no es muy amplio. Pablo se decidió rápido: terminar la secundaria y hacerse policía. No tuvo, o no pudo evaluar otra opción.

Mario no fue mucho más allá. Llegó hasta la esquina y ahí se quedó. Haciendo esquina.  el abanico de  posibilidades no es muy amplio. Escape, atajos, malas decisiones y la irreverencia de desafiar un destino que se empeña en repetirse.

Hasta que una de esas noches llegó la noche que un día iba a llegar. La promesa de plata fácil que salió mal y terminó con una temporada en la tumba.  Cuando traspasó esa reja,  Mario cayó hacia el fondo del abismo que casi nunca tiene retorno. Nadie se asoma ayudar, y desde lo más oscuro no se ve ninguna luz.

Hasta que otra noche, llegó la noche que un día iba a llegar…

Ya padre y convertido en un servidor público, Pablo patrullaba el barrio de al lado contando las horas para volver a casa. Se sentía ahogado, preso del tedio, rehén del destino en su propia humanidad. Mario, condenado a repetirse, apretó el fierro en el bolsillo y se cerró la capucha. “Ya fue”, se dijo.

La huida fue desprolija y el botín escaso.  Como la vida,  la patrulla se lo chocó sin querer.. Mario apretó los billetes mugrosos en el bolsillo. El kiosquero gritaba como si lo hubieran descuartizado. “Ya fue” volvió a decirse Marito.

Pablo le apuntó por inercia. “Ya fue” hubiera querido pensar.

Se miraron como perdonándose por haber llegado hasta ahí sin querer. Predestinados. Condenados. Con las juventudes cansadas.

Porque no le quedó otra, Pablo estiró el largo brazo de la ley para empuñar  el arma reglamentaria .

Porque tampoco le quedó otra, Mario apretó un revolver oxidado que la marginalidad, como si fuera una regla,  puso en su mano temblorosa.

No se dijeron nada. Los dos sabían que no había  nada para decir.

El disparo sonó fuerte.

Unos perros mugrientos ladraron sin convicción.

Nadie salió a mirar.


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