POSTALES DE LA PANDEMIA: LA NONA
(por Walter Ditrich).- 89 abriles tiene la abuela. Las crónicas podrían presentarla como “octogenaria”. Agresivo adjetivo que endilga el paso del tiempo como una bofeteada. La señora de 89 pirulos, es un pedacito de historia para contar. Si es que el protocolo nos permite escucharla .
Las noticias, presentan a los adultos mayores como una especie
de condenados al Covid 19. Es como si el virus estuviera cazando viejos cuando
pisen la vereda. La pandemia y la
cuarentena como único tratamiento medianamente efectivo, condenó a nuestros
viejos a la soledad. “El secreto de una buena vejez no es otra
cosa que un pacto honrado con la soledad” decía García Márquez. Aunque,
Gabo nunca imaginó este pacto obligado de arresto domiciliario masivo.
Aislados, solos, extrañando,
los cuida la soledad. No queda otra. Lo dicen los infectólogos. Pero, no
debe ser fácil ir quemando los últimos almanaques con el nido vacío.
La abuela, se puso el barbijo, y salió a paso lento.
Contenta. Llegó, con los tallarines recién comprados para el almuerzo
dominguero. Cuando se permitieron los
encuentros familiares, todo volvió a ser como antes durante un ratito. “Mamá!!!...
fuiste a hacer compras, no podés salir, es peligroso!!!” la increpó otro
integrante de la familia. La nona, miró los tallarines como si hubiera cometido
un delito.
“Quizás soy egoísta,
pero a los 89 años, yo prefiero
tener a la abuela cerca y sentada a la mesa familiar, aunque corra algún riesgo
mayor. Es mejor que dejarla encerrada enfermándose
de angustia”, razonó otro integrante del
árbol genealógico.
La pandemia, nos puso en una encrucijada: Para cuidar a nuestros viejos debemos
condenarlos a la soledad.
Cuando todo pase, no perdamos la oportunidad de una enorme
amnistía de cariño para nuestros viejos. Ojalá vuelva el tiempo donde la mejor manera
de cuidarlos sea tenerlos cerca.

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