Las palabras

(walterditrich@hotmail.com).- ¿Dónde irán las palabras ya dichas y no escritas?. ¿Serán del viento igual que las hojas, como decía El Flaco Spinetta?. ¿Hasta donde vivirán las palabras que recorren el aire?. ¿Las gritadas vivirán más por llegar más lejos;  o las susurradas por economizar sonido tendrán más recorrido?.¿ Morirán para siempre las palabras ya dichas? O tal vez sean resucitadas cada vez que son pronunciadas nuevamente?. Quizás,  nunca mueran si es que son atesoradas en nuestra memoria o en nuestro corazón. En ese caso, ¿Siguen viviendo para siempre las palabras que no olvidamos?,  ¿Será el recuerdo el antídoto contra el olvido de lo ya dicho?.

Los dueños de cada palabra son quienes las dicen. Pero el contrato de propiedad termina con el sonido de la última letra. Porque cada vez que alguien nombra una palabra, se las está pidiendo prestada al País de las Palabras.

Se trata de un enorme confín donde conviven regiones muchas veces en conflicto entre sí. En el PAIS DE LAS PALABRAS Se puede visitar  la Comarca del Palabrerío, donde se habla mucho sin que nadie se detenga a pensar lo que se dice. O también se puede conocer la ciudad del BLA BLA BLA, donde se habla mucho pero se dice poco. Es recomendable una visita a la ciudad de la POESIA, donde viven las palabras más bellas esperando ser seducida. 

Dicen, que en el alguna parte de el país de LAS PALABRAS, existe una isla virgen jamás descubierta donde viven palabras que nunca fueron dichas aún. Algunas calles están cortadas por las palabras de protesta y en las avenidas estafan a transeúntes los charlatanes de siempre.

 En el Congreso de el País de las Palabras se pelean los legisladores con debates y razonamientos y se tiran frases los unos contra los otros. Aunque,  es sólo en el barrio VIP donde viven las FRASES CELEBRES. En los suburbios se amontonan los dialectos   y por la noche los jóvenes se rebelan contra el idioma en tribus urbanas que mezclan unas palabras con otras a puro desparpajo.

Las clases acomodadas suelen usar cada palabra en su debido sitio consultado a la Real Academia en caso de duda para que  la tradición del país no se corrompa. Pero el mestizaje es inevitable y de vez en cuando deben aceptar alguna palabra fronteriza como propia, aunque la miren con recelo y sólo la digan entre dientes cuando se ven obligados.

En la Universidad del País de Las Palabras estudian los que hablan bien, y en la universidad de la calle aprenden los que no hablan tan bien. Pero se hacen entender sin darle bolilla a la ortografía. Las malas palabras son condenadas a la cárcel del país de las palabras y de vez en cuando alguna amnistía libera alguna afortunada porque ya no es tanto delito nombrarla.


En el callejón de los susurros se esconden bajo las sombras las palabras que solo nos animamos decir en voz baja y en las plazas suelen juntarse las que deben gritarse de a muchos para que sean oídas.

En el país de las palabras, el silencio es extranjero. Tener algo para decir es la carta de ciudadanía que permite cruzar la frontera. Hay veces, en que aún en el paìs donde se guardan todas las combinaciones de letras, las palabras no son suficientes. Es cuando no hay palabra capaz de expresar lo que tenemos para decir. Es el momento de partir al exilio donde marchan los incomprendidos sin pronunciar palabra.

publicado en Semanario Reflejos en setiembre de 2012

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