La Rana
Nos acostumbramos a ir a las 4 de la mañana a los hospitales
públicos a conseguir un turno para ser atendidos. A que los médicos tengan que
hacer paro y a que siempre falten insumos. Ahora, hasta las autoridades
sanitarias niegan las epidemias y las combaten con productos vencidos.
Primero, las villas se convirtieron en un paisaje urbano
más, después se eligió no mirarlas y cuando crecieron demasiado dejaron de ser
noticia para llegar a tener un masivo estilo de música propio. Dentro de ellas,
el hambre mata a más pibes que la inseguridad, pero estamos acostumbrados. Como
asumimos que cada vez que salimos a la ruta estamos jugando a la ruleta rusa
apostando la vida de nuestras familias.
Cotidiano es que mueran 2000 personas al año a manos de los
delincuentes y ya no se salvan ni los ricos que se refugian en los countrys con
seguridad privada. La droga llegó para pasar nuestras fronteras y ser un producto más de nuestra exportación.
Después fue de consumo exclusivo, luego masivo y ahora los carteles instalan
laboratorios en el país lucrando hasta con el veneno que deja el proceso.
Porque se lo venden a los pibes pobres
destruyéndoles la cabeza. Ya nos acostumbramos.
Cada vez que comprás algo pagás más de impuestos que el
producto en sí. Te cobran por presentar un cheque, por viajar en la ruta, por
cargar combustible, impuestos por usar la luz y el gas, por la plata por ganás
y hasta por la renta presunta. Pagamos fondos de incentivos para cientos de
cosas y aportamos a fideicomisos de dudoso destino.
Nos matan, nos violan, nos roban, nos torturan y a cada
gobierno cambia las políticas de seguridad fustigando las anteriores. E
indefectiblemente obtienen pésimos
resultados. Renuevan las cúpulas policiales y ya nos acostumbramos a que nada
mejore.
Los políticos que roban, en el mejor de los casos renuncian,
pero nunca van presos. El estado paga sueldos en negro y los gobiernos amoldan las leyes a su
conveniencia usando las mayorías legislativas o decretos de cuestionable
necesidad y urgencia.
Las políticas económicas van y vienen, se privatiza, se
estatiza, y se vuelve a concesionar. Siempre paga Juan Pueblo.
Pero estamos acostumbrados. Demasiado acostumbrados.
El otro día me contaron el ejemplo de la ranita:
Cuando ponés una ranita en una olla con agua natural, el
bichito nada plácidamente en una especie de paraíso. A medida que se le va
subiendo la temperatura, la rana se pone incómoda, pero sigue en la olla. Con
el agua caliente, la rana se quema, pero se mantiene allí intentando aguantar
el calor. Si gradualmente se va quemando
intenta adaptarse aunque casi no lo soporte. Recién con el agua en estado de
ebullición, la rana salta de la olla
desesperada; . Claro que ya se quemó. En cambio, si se tira una ranita al mismo
agua hirviendo, inmediatamente saltará de allí para no morir calcinada.
Como ranas, nos vamos quemando de a poco, no saltamos de la olla y nos esforzamos en acostumbrarnos. Sólo reaccionamos cuando todo está incendiado. En ebullición, esta Argentina que nos duele nos fue quemando de a poco, y seguimos queriendo soportarla como hace la ranita.
(*) texto del autor publicado en 2009

Comentarios
Publicar un comentario